Caminar por la legendaria Persépolis, sencillamente, me impactó. La sobrevolé sobre una suerte de alfombra mágica, en esas mil y una noches que había soñado estar ahí. Pude ver, con los ojos del alma, viejas tumbas reales, altares, jardines y las idas y venidas de personajes que aún siguen merodeando por allí.

 

Intacto ha quedado el saqueo de Alejandro Magno en su campaña de Oriente*, como intacto ha quedado el gran Darío a través de los fabulosos bajorrelieves. Plutarco y Diodoro relatan que un Alejandro borracho de vino habría lanzado la primera antorcha sobre el palacio de Jerjes (hijo de Darío I). Así ardió Persépolis y, con ello, un mosaico precioso de nuestra historia.

 

Persépolis, la antigua Persia

Bajorrelieves de la vieja Persépolis, Irán.

 

Persépolis, la antigua Persia

 

 

 

 

Persépolis, la antigua Persia

 

 

 

 

Persépolis, la antigua Persia

 

 

 

 

Persépolis, la antigua Persia

 

¡Ojalá hubiese llovido entonces!, ¿verdad? Fue la lluvia, después de todo, lo que tantas veces había ansiado Darío.

 

Cuenta la leyenda que una tarde, antes de la siesta, el invencible Darío se acercó a su grupo de magos y les preguntó si alguien podría desestabilizar su poder. Todos callaron, se miraron entre sí y lograron que Darío se alterara. Uno de ellos, tras el descontento del emperador, rompió el silencio, y le dijo que el sol sí podría destruirlo. Darío, una vez escuchado esto, rio, y no le dio la menor importancia. Sin embargo, este comentario quedó instalado en su memoria y, a los pocos días, Darío, solo en el dios Sol pensaba. Hablaba en su soledad, y se respondía, y volvía a repensar, obsesionado, lo que le había dicho el oráculo.

 

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