Suelo dejarlo todo para jugar con los niños. Son la excusa perfecta para sacarme el polvo que dejan las relaciones «adultas» y evadirme por un rato del mundo tan lleno de estas formalidades deformes De esta manera, hago un viaje retrospectivo hacia mis cinco años, donde solo había espacio para soñar despierta y poco más. Así que viajo a mi Laurita, y la abrazo, y son los niños el puente hacia ese otro lugar que comienza cuando me arranco las máscaras que solemos usar para «comunicarnos».

 

Niños de Fronteras

 

Noté que, hasta los siete años, mantienen la pureza que se necesita para reencontrarse con los duendes y gnomos, las hadas del bosque y esas cosas que ya no solemos mirar. La sabiduría hasta esta edad es innegable; curiosamente su fin coincide con un acontecimiento de nuestra biología humana: la poda sináptica, y digo «casualmente» porque va de la mano con la escolarización. Cuando eso pasa, millones de neuronas con sus conexiones, de repente, terminan. Esta muerte es la mayor de todas las muertes que experimentamos en vida. Con la sobrecarga de información en el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro, se anula el costado derecho, desde donde podemos volar a otros mundos paralelos que conviven con el nuestro. Intuitivamente, siempre huí de la sobreinformación. Soy  muy disciplinada con una cosa: no perder esta naturalidad que tiene la inocencia y que, provechosamente, es aniquilada por la cultura para domesticarnos. Supongo que lo más inteligente será no abusar de diccionarios, enciclopedias ni libros; después de todo, la mayor sabiduría, como dije, se encuentra en el mundo que no se ve, o por lo menos, no a simple vista.

 

librolibrelibralaura

 

Sin embargo, hay niños y niños. No es lo mismo la infancia que yo tuve que la que vi entre las fronteras de la guerra. Cuando jugar ya no es con soldaditos de plomo, sino esquivando las balas; donde la escondida no es metáfora de nada porque hay que esconderse, y salir corriendo. Donde el ruido a tormentas eléctricas, para ellos, es a bomba y, donde la fiesta de cumpleaños, y no exagero, se festeja con creces.

 

Abri, Sudán del Norte.

Aldeas nubias de Sudán del norte.

 

Abri, Sudán del Norte.

Nubios en peligro de extinción.

 

Abri, Sudán del Norte.

 

Abri, Sudán del Norte.

 

Aswan, Egipto. Cerca de la primera catarata que tiene el Nilo.

Piratas del Nilo. Aswan, Egipto.

 

Viajar por Oriente Medio me shoqueó. Quise escarbar los sentimientos de los niños y se me dio por entrar a un campo de refugiados. No es tan fácil hacerlo, o por lo menos, en Irak. Debí pedir permisos en una institución donde se notaba que había altos cargos militares y, después de una reunión con muchas preguntas, monitorizaron mis redes sociales y me dieron el ok. Así fui a Qushtapa, muy cerca de Erbil. Llevé pelotas de fútbol y, sobre todo, papeles y muchos colores. Sabía que los dibujos de los niños de fronteras me darían muchas pistas.

 

 

Niños de Fronteras

Campo en Qushtapa, Irak.

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

Refugiados kurdos en Qushtapa. Irak

 

Niños de Fronteras


 

Pero no me iba a centrar en niños encerrados. Está claro que allí todo serían ojos controladores y lágrimas; así fue cómo bordeé la frontera y en el Kurdistán turco me invitaron a un colegio. Allí, los kurdos no pueden hablar kurmanyi*, pero sí inglés; y fui parte de la clase. Afortunadamente, alguien pudo traducir lo que yo decía. Nunca antes un grupo se había interesado tanto por mi historia. La escucharon sorprendidos, se emocionaron, me llenaron de carteles, me quisieron por un rato, y así, de improviso, pasaron a ser parte de mi vida.

 

Niños de Fronteras

Colegio en Mardin. Kurdistán turco. ¡GRACIAS!

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

 

 

Niños de Fronteras

¡GRACIAS!


 

Seguí viajando. Me identifiqué con sus caminos. Ellos, como yo, haciendo del mundo su hogar. Así conocí al CityPlaza (ya profundizaré en esta aventura): un hotel ocupado por refugiados en el barrio de Exarchia, en Atenas. Estuve unos meses allí. Bueno… «estuve», aún corre CityPlaza por mis venas.

 

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras


 

Hoy, tantos meses después de este viaje que, otra vez, cambió mi vida, me llegan imágenes, palabras, recuerdos… que se contradicen, como la vida misma.

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 


 

Porque, por un lado, creo en la importancia de una infancia segura, sin miedos, porque es esto, precisamente, lo que se hará herramienta para relacionarnos, pero, también, me llega la fuerza que surge de esto: lo que hará que se conviertan en esas hadas, duendes y gnomos que, aunque ya no veamos, seguimos siendo.

 

La vida, creo (y esto es lo que pienso ahora, no sé mañana), no es nada fácil si te arrancan la oportunidad de hacer magia. Me da igual si es en un colegio privado de una gran ciudad europea o si  es en medio de un campo de refugiados de la última frontera. El hecho es jugar, inventar, imaginar, soñar, y después, seguir jugando.

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Barrio Smanun- banco este de la ribera del Nilo. Luxor, Egipto.

 

 

Niños de Fronteras

 

 

Qushtapa, Irak

 

 

Niños de Fronteras


 

Hago un esfuerzo para volver siempre que puedo, o me acuerdo, a mi Laurita. Cuando me reía con toda la cara, y a los minutos, lloraba, y volvía a reír. Anclada en este mágico presente. Sin esperar nada. La esperanza es solo para quienes no se atreven a vivir, no para los niños de las fronteras: los valientes soberanos de nuestras tierras, infinitas y sin tiempo ¡No para nosotros!

 

Niños de Fronteras

 

 

Niños de Fronteras

 

Sí… hago un esfuerzo por volver. Un esfuerzo que, al final, me lleva al mismo lugar: al principio.

 

Niños de Fronteras

 

 

 


VER MÁS  IMÁGENES