Para los antiguos druidas, el árbol simbolizaba la verticalidad, la evolución espiritual, la ascensión al cielo. La misma palabra druida significa el que aprende del roble.

 

El acebo, otro ejemplo, era el elegido para celebrar la Yule*, su forma piramidal absorbe energías sanadoras del cosmos y ahuyenta a los malos espíritus. Tan mágico será que curiosamente nos regala sus frutos en invierno.

 

El árbol comunica lo subterráneo con sus raíces, la superficie con el tronco y la divinidad con la copa. No por nada es el hogar de hadas, traucos, gnomos y duendes. Aparece como higuera para iluminar a Buda, quien renació a su sombra al cabo de 49 días. Se hace fresno, bajo el nombre de Iggdrasil, tan fantástico para los nórdicos y que comunicaba, ¡otra vez!… estos tres mundos. Sus manzanas de oro eran cuidadas por Freya: la diosa del Amor, algo muy parecido a lo que ocurría con el tan codiciado árbol del Jardín de las Hespérides; aunque aquí no era una diosa su guardiana sino Ladón: un terrible dragón de cien cabezas, quien protegía el elixir de la inmortalidad tan celado por Hera. De él crecían las manzanas doradas, cuyo robo fue el undécimo trabajo de Hércules y por las cuales se desencadena el caos cuando Eris deja caer la Manzana de la Discordia.

 

 

 

Fusang, el árbol mágico del este, plantado en medio del mar, que levanta a los diez soles en cada amanecer, hierve las aguas a temperaturas alquímicas. Es una verdadera hazaña llegar allí. Un sol está en la parte más alta, los otros nueve funcionan por turnos. Todo esto no sería posible sin la ayuda de un cuervo que lleva constantemente soles hacia esos lugares sagrados que tiene el alma.

 

 

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