Marinera del Viejo Mundo

 

Navegar nos evoca libertad.

¿Quién mejor que la mar para

llevarnos a nuestras profundidades?

 

La mar y el viento, ¿qué más?… es lo primero que pensé. Más tarde fui viendo que para la libertad no se necesitan elementos, porque ella no usa espacios, como tampoco es de este tiempo. Probablemente no sea de esta dimensión. Se asoma, es cierto; la intuyo. A veces creo poder palparla, nunca atraparla. Se deshace en las manos. Se escapa entre los dedos. Porque, aunque se acerca, como la marea, viene de lejos. Y allí se va.

Con los años aprendí a amarla así, como es. Con esa forma sin pertenencias, con ese ahora está aquí y después… después no lo sé. Es ella, mi amante infiel, que me abandona cuando más la deseo y que se acerca cuando no la busco, cuando no la pido, cuando no. Es el NO.

Anda sin relojes, sin poses, sin permanencia. Es la renuncia, el cambio constante, la falta rotunda. La sin-costumbre. La a-normalidad. Y así, de a poco, comencé a entenderla. A quererla con sus negaciones y mis aceptaciones. A amarla sin prisa, sin devoluciones, incondicionalmente… como es ella.

 

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