En la cuna del capitalismo difícilmente pueda sobrevivir un viajero. Entre el alto costo de vida y las multas hasta por respirar, está claro que Europa es de los últimos continentes que yo, por lo menos, postergaría la estancia.

Sin embargo, fui y vine muchas veces. Mis raíces me anclan al suelo y aunque siempre me voy, también, siempre vuelvo.

No es nada nuevo el hallazgo de cristales de magnetita en el cerebro humano, la que determina el regreso del salmón al huevo, las tortugas al instante preciso, lo que dirige los vuelos monarcas de las mariposas, lo que usa el Todo para volver ahí…. ya sabes, al Útero de Gaia. La fuerza de la magnetita, en función a mi ADN en lo más profundo de mis células, me acerca a estas costas, mientras que, a contracorriente, otra fuerza, tan o más poderosa, me hace socavar un afluente para escapar del Leteo*, y salir, al fin, de este bucle, ad infinitum, de «la rueda del samsara».

 

La vuelta a Europa en Furgoneta

 

Corre por mis venas sal mediterránea siciliana con entradas ancestrales que se fueron haciendo rías gallegas. Es por eso que es difícil ignorar a Europa; ella es mi imán. No es casual que, magnetizada, siempre vuelva.

Pero, como decía, no es sencillo sostenerse en la cuna del capitalismo. Siendo marinera, siempre tuve un camarote, eso me ayudó, los alquileres son carísimos; sin embargo, en un momento determinado comencé a necesitar un Plan B: una alternativa; quiero decir: ¿con qué sustituirlo en caso de D.F.: Desembarco Forzoso?

 

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