La Nueva Normalidad: una frase que repetimos y repetimos como un mantra. No sabemos a qué se refieren. Intuimos que muchas cosas cambiarán, pero no comprendemos mucho más. 

 

La Nueva Normalidad

 

 

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La crisis sanitaria fue un trampolín muy oportuno, por cierto, para que roguemos por un cambio de paradigma. El Problema/ Reacción/ Solución del que hablaron tantos filósofos desde Hegel hasta Chomsky. Resets que considero necesarios para nuestra evolución pero si esos cambios los elegimos y definimos nosotros, acorde a una democracia genuina y transparente, que no es el caso. Y, sobre todo, inspirada en nuestro bienestar.

 

La Nueva Normalidad

 

No quiero que se me malentienda. Es un tema muy espinoso. Cuando digo que la emergencia sanitaria es la excusa perfecta para esta nueva revolución tecnológica que nos engulle a pasos agigantados, no me refiero a que todo esto sea una farsa, ni que no tengamos que cuidarnos, ni mucho menos. No lo sé. Por costumbre, siempre intento (aunque no siempre puedo) seguir el Camino Medio. Ni temerosos ni temerarios. Obrar con confianza y a la vez respeto. No pretendo negar esta realidad, sino que nos cuestionemos qué hay detrás de esta crisis. Porque es el momento. Estamos en un punto de inflexión en el cual, aún, podemos elegir (o eso creo).

 

La Nueva Normalidad

 

 

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Las medidas de la Nueva Normalidad* nos atan a una cárcel aún más opresora que la anterior. De repente nos encontramos con el mismo axioma otra vez: «A formar fila y a tomar distancia» pero a lo bestia. Ya no hace falta que nos dividan con ismos sino que, ahora, nuestros enemigos bien pueden estar frente nuestro.

 

La Nueva Normalidad

 

Proclamar el abrazo, el encuentro, el beso y el compartir emociones que nos eleven pasó a ser un insulto. Uno de los mecanismos de control es la culpa, tan inculcada desde siempre. Frente a ello, todo lo que está sucediendo nos lo merecemos, y como nos portamos tan mal, Papá Estado tiene que ponerse en el rol de nuestro salvador con cyborgs, apps y drones espías. Gandhi ya decía que un pueblo maduro es ingobernable. Claro está que bajo la alita paternal no llegaremos muy lejos.

 

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No hace falta investigar demasiado. Es solo preguntarnos y dudar un momento. Me cuestiono el porqué de tanto interés e inversión en las nuevas tecnologías en lugar de un apoyo sincero a la sanidad pública. Basta con preguntarles a nuestros sanitarios cómo la están pasando en lugar de tanto aplauso.

 

 

 

 

Bajo el influjo de un mecanismo que comienza con el arma del miedo, que se fortalece con la culpa y se mantiene a raya con la esperanza de la nueva vacuna, miramos para otro lado sin analizar nada.

 

La revolución tecnológica es el tema del siglo XXI. Según el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari* «Las decisiones que tomemos tendrán un gran impacto durante años y décadas y reconfigurarán el planeta». El nuevo paradigma de la inteligencia artificial y la automatización será una cadena de crisis cada vez mayores.

 

La velocidad a la que se desarrolla este proceso se va a acelerar, arrasando con la forma de relacionarnos, de trabajar, de estudiar, de amar, en definitiva, de vivir. Hay que tener presente que mucho de lo que hoy aprendemos podría dejar de ser relevante en veinte años. Ni hablar del trabajo, que ya está cambiando, ni bien comenzó la pandemia. En cuanto a nuestra manera de concebir el amor, quizás, en un futuro que se esconde a la vuelta de la próxima esquina, amar no se trate de la cercanía sino, más bien, de la distancia. Cambiarán (ya están cambiando) todos los conceptos.

 

Las libertades individuales si estaban en agonía, perecerán. El ser humano será un ser hackeable con drones, cámaras, cyborgs y apps espías. Tendremos que justificar nuestros actos al principio, ya después ni siquiera será necesario.  De hecho, ya hoy (en fase militar, aún no doméstica) la biotecnología se anticipa a nuestros propios pensamientos y sentimientos. Solo con esto, ya podrán manipular nuestros deseos sin la necesidad de que nos sometamos a la hipnótica publicidad. Los algoritmos nos comprenderán mejor que nosotros mismos, y así nos llevarán a un lugar que no es el nuestro. 

 

La célebre frase socrática «Conócete a ti mismo» será posible con solo hacer un click, salvo que la información no la usaremos en nuestro provecho evolutivo, sino que estará al servicio de quienes nos manipulan como un rebaño.

 

 

Y ahí vamos, con mascarillas para no poder hablar. Con sobreinformación para no poder pensar. Con miedo para no poder sentir, como autómatas tras una zanahoria que nos conduce al matadero.

 

 

Mi intención no es ser apocalíptica. No es eso. Realmente creo que estamos a tiempo. Y si, por la razón que fuera, no lo estamos, por lo menos elijo morir con consciencia. La consciencia no muere. Es lo que se preserva. Lo que nos anima. Al mismo Winston, en 1984, no lo mataron hasta lavarle el cerebro. ¿Casualidad? 

 

 

¡Por la preservación del AMOR

en el tiempo!