Había llegado el momento. La campana no había sonado, pero ahora… ¡Ahora sí!

 

Como un perro de caza seguí los pasos de mi abuelo que un día emigró de su mediterránea Sicilia al rioplatense Buenos Aires en un viaje en solitario en busca de su destino. Y como él, yo no podía hacerlo así como así, en avión a Roma y de ahí a Sicilia… No. Tenía que ser de aventura, como nosotros. De norte a sur, así que pensé en Venecia.

 

Italia, de norte a sur

Venecia, Italia

 

Italia, de norte a sur

 

 

Italia, de norte a sur

 

 

Italia, de norte a sur

 

Y ahí estaba yo, arremolinándome en esos canales tan idílicos donde los mercaderes venecianos traían algodón, seda y porcelana de China, especias de Zanzíbar e Indonesia y gemas y marfil de Burma, a cambio de su encaje y cristalería. Me sentía Marco Polo, aunque obviaría la cárcel. Tampoco existiría un Rustichello de Pisa porque aquí estoy yo para transcribir mis pasos.

 

Italia, de norte a sur

 

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