La palabra es una llave. Una vez nombrada o escuchada abre un cajoncito de nuestro inconsciente y sale una emoción que me llevará a sentir y actuar de una determinada manera. Es una forma sutil de vibración que, tal como se comunique, y en qué contextos, activará una especie de programa que hemos incorporado como nuestro, y pasaremos a recrear una realidad de serie. Alquimistas del Medioevo ya conocían sus secretos. Las religiones también.

 

“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1).

 

En el Antiguo Testamento, la palabra de Dios es a menudo personificada como una herramienta para la ejecución de la voluntad divina (Salmo 33:6107:20119:89147:15-18). En la antigua Grecia, el Logos era comprendido como el canal entre el mundo material y el espiritual. Y siguiendo este recorrido, los mantras sagrados de la cultura budista producen vibraciones que modifican nuestras emociones, y así nuestro cuerpo físico. Son sanadoras. ¿Casualidad?

 

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